El amor como vértigo, exceso y contradicción. Entre guitarras brillantes y una melancolía que nunca desaparece del todo, Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me convirtió las emociones en algo efervescente: inquietas, intensas y siempre oscilantes.
The Cure en 1987 decidió transformar en sonido una excesiva y frenética oda al amor a través de 18 canciones, jugando entre lo inocente y lo oscuro, entre la euforia romántica y la obsesión melancólica.
Destellos después de la melancolía
Lejos de instalarse únicamente en la oscuridad con la que suele asociarse a Robert Smith y compañía, el disco se mueve entre distintos estados emocionales: la euforia, el deseo y la vulnerabilidad.
Es la dicotomía entre la melancolía característica de The Cure y los sonidos vivaces —que destellan efervescencia y gracia— lo que convierte a Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me en una de las obras más inquietas y expansivas de la banda.
El séptimo álbum de estudio de la banda británica aparece como una especie de caleidoscopio, en 74 minutos que avanzan entre guitarras catárticas pero que juegan incluso con ritmos funk inquietos, y melodías que pasan de la dulzura a la intensidad casi sin transición.
Just like a dream
Menos lánguido y más intenso. Aunque la banda ha cargado históricamente con la etiqueta de oscuridad y tristeza, quizás sería más preciso hablar de profundidad emocional. En el disco, The Cure no abandona esta tónica: la expande, la tensiona y la transforma con momentos luminosos que convierten al amor en algo vertiginoso, excesivo y, por momentos, casi eufórico.
Kiss me, Kiss me, Kiss me es un collage de lo que puede llegar a ser la vida: contrastes, luces y sombras, intensidad y más.
Es pop orquestado desde una banda consolidada que ya podía darse la libertad de explorar nuevas formas y jugar con su sonido sin restricciones, sin la necesidad de probar o reafirmar nada.
Y es justamente en canciones como “Just Like Heaven” —majestuosa y de ensueño— donde aparece un pop cuidadosamente construido, capaz de combinar melodías luminosas con la profundidad emocional que definía la identidad de la banda.
El frenesí, la efervescencia y el caos también se capturan en canciones como “Why Can’t I Be You?”, “How Beautiful You Are” y “Shiver and Shake”, donde The Cure parece moverse entre la ironía, la energía y el impulso emocional sin permanecer demasiado tiempo en un solo lugar.
El exceso como lenguaje
La amplitud sonora del álbum no parece ser accidental. Para 1987, The Cure atravesaba un momento de consolidación que les permitía abandonar estructuras más rígidas y moverse con una libertad creativa mucho más amplia.
La decisión de construir Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me abrió un espacio donde la banda parecía menos preocupada por la coherencia absoluta y más interesada en capturar distintos impulsos emocionales.
El disco funciona como una acumulación de estados de ánimo. Pasa de guitarras agresivas a melodías delicadas, de momentos más cercanos al pop a pasajes experimentales que parecen surgir desde la espontaneidad. The Cure ya no parecía interesado en elegir una sola identidad, sino que encontraba fuerza precisamente en la posibilidad de habitar muchas al mismo tiempo.
Aunque muchas veces queda eclipsado por trabajos posteriores como Disintegration (1989), Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me terminó demostrando que la sensibilidad emocional no tenía por qué permanecer atrapada en la tristeza. También podía ser luminosa, caótica y excesiva.
El álbum terminó convirtiéndose en una especie de manifiesto sobre la contradicción: una obra donde la intensidad encuentra su espacio en medio del desorden, y donde el amor aparece no como algo estable o perfecto, sino como una experiencia fluctuante.
La fuerza de Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me es que convirtió el amor en algo efervescente: intenso, inquieto y siempre en movimiento. Un álbum que encuentra belleza en los excesos y que recuerda que sentir demasiado también significa estar profundamente vivo.

