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Plumón encuentra refugio en “Cartas de Lluvia”

Portada "Cartas de Lluvia" de Plumón.

Hay discos que parecen hechos para escucharse con la ventana escarchada. Cartas de Lluvia, el primer álbum de Plumón, contiene nueve canciones pequeñas, de guitarras acústicas, voces frágiles y una calidez que parece venir de una habitación iluminada mientras las gotas golpean los cristales.

Lanzado el pasado 1 de agosto, el trabajo de Matías Krell se mueve entre el slowcore y el indie folk con una delicadeza poco frecuente en trabajos actuales, alejándose de la saturación para encontrar su mayor fuerza en el minimalismo.

Después de salir de la universidad y comenzar a enfrentarse a los primeros trabajos y a las incertidumbres de la vida adulta, Krell decidió dejar de postergar la idea de hacer un álbum. “Tenía muchas ganas de hacer un trabajo completo, de avanzar en mis proyectos. Tenía algunas canciones hechas y tomé la decisión de jugármela y componer el álbum”, cuenta.

El álbum avanza como una colección de postales recogidas durante un viaje al sur. La lluvia, el frío, los recuerdos, las habitaciones nubladas y el paisaje rural aparecen una y otra vez, construyendo un temple que parece buscar distancia de la ciudad. Pero ese paisaje no nace únicamente de una observación externa.

Krell carga con sus propios recuerdos y parte de su imaginario está ligado a una herencia familiar. “Tengo muchos recuerdos del sur y de mi infancia. Mi abuela y mi mamá vienen de la Araucanía, me llama la vida lenta”, explica. Aun así, reconoce que ese sur también tiene algo de construcción imaginaria: “Quizás me hago una caricatura de lo que sería vivir en el sur”.

Esa fantasía de desplazamiento es importante para entender Cartas de Lluvia. Más que describir literalmente un territorio, el disco parece inventar un refugio. “Creo que esa idea de querer escapar de la ciudad va más con ir a un lugar imaginario y refugiarse de las presiones y de los problemas de la vida adulta”, dice Krell. Asimismo la melancolía no necesita dramatizarse porque está contenida en los objetos, los lugares y los recuerdos cotidianos.

La literatura también terminó alimentando ese paisaje. Aunque reconoce que siempre le costó acercarse a la poesía, una recomendación terminó abriendo una puerta: “Una amiga me recomendó a Georg Trakl y a Jorge Teillier y me vi muy reflejado en sus escritos”.

Las hojas de “Cartas de Lluvia

“Velas” abre el disco y establece desde el primer minuto este universo. “Damascos” profundiza esa intimidad y acerca a Plumón directamente a Elliott Smith. Krell entiende el peso que puede alcanzar una voz frágil junto a una guitarra acústica y utiliza esa combinación para construir una canción desnuda, cercana y precisa. La elección de esa escala también responde a una búsqueda personal. “Me gusta el emo, el rock más ruidoso, pero últimamente me he acercado más a lo lento, a lo tradicional, a esta música folk. Quería hacer música así”, explica.

Esa inclinación por lo sencillo no significa falta de ambición, por el contrario, busca distribuir el peso de las canciones. “Siento que las canciones de guitarra y voz tienen un componente especial. A veces menos es más, me gusta esa intimidad y el juego de voces, el silencio también”, comenta. El resultado es un álbum que evita sobrecargar sus composiciones y deja espacios para que respiren las guitarras, las voces y las pausas.

La pandemia en el disco

La pandemia también aparece, aunque de manera menos evidente, como parte del camino que llevó a Krell hasta este sonido. Después de un período en que sintió que había perdido el interés incluso por aquello que antes disfrutaba, volver a escuchar música terminó devolviéndole el entusiasmo. “En la pandemia exploté mis botones de dopamina y ya no disfrutaba nada de lo que me gustaba. Me reencontré con la música, de hecho con Alex G, me reencontré con el milagro de una canción bonita con una letra bonita”, recuerda.

Las voces de Matías Krell y Catalina Lara forman otro de los grandes aciertos del álbum. Sus registros se doblan, se superponen y construyen armonías que amplían las canciones sin romper su delicadeza. La incorporación de Lara también fue una búsqueda deliberada. “Sentí que el timbre de Catalina podía quedar muy bien en el proyecto. Era una voz muy dulce, me gusta ese juego y diálogo de dos voces o solo de voces femeninas, y que era algo distintivo porque no lo veo mucho en la escena actual”, explica.

“Nubarrón” y “Temporal” llevan ese recurso hasta su punto máximo y suman cuerdas, efectos y distorsiones, expandiendo el sonido justo cuando el disco alcanza su mayor intensidad. Si el álbum venía anunciando una tormenta, aquí finalmente llueve a cántaros. Es también el momento en que el minimalismo inicial demuestra que no necesariamente implica quietud: las canciones pueden crecer sin perder la intimidad que las sostiene.

¿Hacia dónde va Plumón?

Krell imagina incluso otros caminos para Plumón. Aunque reconoce que sus herramientas actuales están concentradas principalmente en la voz y la guitarra, le interesa seguir explorando sonidos distintos. “También me gustaría hacer un disco de ambient que me gusta mucho, pero todo depende de mis limitaciones técnicas. Siempre me ha costado más la producción con programas”.

Cartas de Lluvia encuentra su mejor versión precisamente en esa escala pequeña. Las nueve canciones dejan la sensación de haber acompañado un trayecto completo y su fuerza está en todo lo que consigue decir cuando baja el volumen.