The Head on the Door cumple 41 años y, con él, también una de las etapas más luminosas y fugaces de la banda. Un disco donde Robert Smith puede hablar de nostalgia, ansiedad y crecer demasiado para una antigua cama, mientras las guitarras siguen avanzando.
The Head on the Door: Serpenteante, vibrante y magnético
¿Se puede ser una banda happy-sad? Podríamos afirmar que The Cure es eso: un poco naíf, dinámica, triste y alegre. The Head on the Door es una oleada alegremente melancólica. Y es que Robert Smith sabe ser camaleónico. Cada canción es un mundo: ya sea una carta de amor, una confesión, una pesadilla o una reminiscencia.
Close to me, close to pop
Un 13 de agosto de 1985, The Cure sacó a la luz su sexto álbum. Su disco anterior The Top (1984), ya había mostrado a un Robert Smith dispuesto a alejarse de la densidad de sus trabajos anteriores y explorar sonidos más psicodélicos, coloridos y experimentales.
Después de la oscuridad de Seventeen Seconds (1980), Faith (1981) y Pornography (1982), Smith parecía estar buscando nuevos colores, creando esta vez un disco que seguiría sus instintos más pop.
Parte de esa búsqueda venía de fuera de The Cure. Durante los años anteriores, Smith había sido guitarrista de Siouxsie and the Banshees, experiencia de la que también se llevaría nuevas ideas. Al recordar The Head on the Door, el músico lo comparó con Kaleidoscope (1980): “la idea de tener un montón de diferentes cosas sonoras y diferentes colores”.
Esta vez, además, The Cure volvía a sentirse como una banda. Smith había recompuesto su formación y dejado atrás el distanciamiento que había tenido con el bajista Simon Gallup.
El ambiente de grabación también parecía acompañar el cambio. “El sonido era muy vibrante y la banda estaba realmente feliz. Fue un placer hacer el disco y me dije a mí mismo: este álbum va a marcar la diferencia”.
In Between Days: entre lo que fue y lo que viene
Y efectivamente, lo hizo. En apenas 37 minutos. The Cure se permitió ser muchas cosas a la vez.
Un disco que se siente mucho más ligero por momentos, contrastante a su discografía previa. Sin embargo, la melancolía no había desaparecido del todo, y esto se percibe con la letra de “In Between Days”: “Ayer me sentí tan viejo / sentí como si fuera a morirme / Ayer me sentí tan viejo / eso me hizo querer llorar”.
Y quizás lo curioso es que Robert Smith tenía para ese entonces, apenas 26 años cuando fue el lanzamiento del disco. Hablar de sentirse viejo, de morir y de mirar hacia atrás, empapándose de nostalgia, adquiere otra dimensión cuando quien lo canta todavía está en sus 20s.
Push: entre crecer y volver
Esta sensación de estar entre una etapa y otra también aparece en “Push”. Robert Smith contó que escribió la canción después de una fiesta en la casa de sus padres, el hogar donde creció. Borracho y con una botella de vodka en la mano, subió hasta su antigua habitación e intentó acostarse en su cama de niño, pero ya no cabía:
“Exactamente la misma habitación limpia / exactamente la misma cama limpia / pero esta vez me he alejado demasiado / y he crecido demasiado para caber”.
La escena tiene algo casi absurdo, pero también bastante melancólico: volver al lugar donde fuiste niño y descubrir que ya no entras en él.
Y quizás cobra todavía más sentido dentro de The Head on the Door: considerando su edad y que venía de unos años difíciles para The Cure. Después de Pornography, la banda se había desarmado y The Top había sido un proceso mucho más solitario.
“A Night Like This”, “Close to Me” y “Six Different Ways” terminan de completar este nuevo rostro de The Cure. Deseo, ansiedad, nostalgia y juego conviven en un disco que nunca se siente como una colección de sonidos.
The Exploding Boy
The Head on the Door pudo llamarse de otra forma. The Exploding Boy fue uno de los títulos que Robert Smith consideró para el álbum, aunque finalmente terminó siendo el nombre de una canción que quedó fuera del disco.
Y, curiosamente, no parece un nombre tan alejado de lo que terminó siendo The Head on the Door: un The Cure que explota en distintas direcciones, colecciona nuevos sonidos y los vuelve titilantes, un poco jangle, un poco new wave y sí, también un poco gótico.
The Head on the door fue un momento fugaz, 37 minutos en los que The Cure quiso abrir todas las ventanas de golpe: las de la infancia, las de sentirse viejo y cansado en tus veintes, y ya no caber en tu antigua cama, y al mismo tiempo dejar entrar nuevos colores.
Después vendrían otros sonidos. Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me (1987), todavía más pop; y luego Disintegration (1989), donde la oscuridad volvería a tomar su lugar. Pero aquí, por un momento, The Cure fue happy-sad: melancólico, juguetón y luminoso.

