En 1997, el grupo nacional debutó en la escena chilena en el marco de un disco homónimo que se desarrolla como un viaje en bicicleta, rememorando aquellos tiempos de caramelos en que se jugaba a ser mayores. Entre Los Tres y La Ley, la banda irrumpió con su sonido sincopado y letras repletas de nostalgia.
Mientras el grunge agonizaba en Madrid, la escena bluesera cobraba vida en Chile. “La Rue Morgue” aparecía con armonías atrevidas, instrumentaciones clásicas del jazz y la construcción de una narrativa musical sostenida durante todo el disco. Como si cada canción siguiera un hilo conductor, al modo de Edgar Allan Poe en The Murders in the Rue Morgue.
“La Sombra de las 9 y 30” fue —paradójicamente— el primer suspiro de una producción que tomó vida propia. El piano habla el mismo lenguaje que la voz, mientras la guitarra expresa el desenfreno de mantenerse erguido incluso cuando más cuesta.
Himnos de una época
Las influencias literarias de la banda tienen especial lugar en “Blues a Dos Mujeres”. El tema avanza como un pasaje descriptivo evocando la confrontación de dos musas, inspirándose en “Rayuela” de Julio Cortázar. Al igual que en la lectura, la musicalización acompaña, con cambios de ritmo y un solo de piano que hace sentir que París no está tan lejos.
A su vez, “Sigues Dando Vueltas” se transformó en el pulso de una generación que no podía —o no quería— olvidar. Una composición que, con un coro instalado en la memoria colectiva, deja oír esa nostalgia que atraviesa todo el tema.
Todo se va
El tramo final del álbum se instala en el lado más melancólico del grupo. La energía del inicio se diluye y las bicicletas se acercan al término del viaje; el tiempo inflexible pasó y el disco no escapó de ello.
El cierre definitivo lo da una versión diferente de su mayor clásico “Sigues Dando Vueltas” (Radio-Rue Versión). Entregada desde una perspectiva más íntima, la voz de Francisco Valenzuela pone el punto final a una producción que cautivó a una generación que admite que todo es muy distinto sin ellos.

