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Stick Around For Joy: como si nada fuera tan serio

Portada álbum Stick Around For Joy de The Sugarcubes. Por Siggi (Sigurður Oddursson).

Stick Around For Joy cierra la etapa de The Sugarcubes con una intensidad inconfundible. Ritmos tribales, melodías que estallan y la voz magnética de Björk crean una experiencia que desborda la banda y sus límites.

El álbum funciona como un epílogo abierto: resume la evolución del grupo y anticipa la transición de Björk hacia su carrera solista, dejando entrever nuevos horizontes y búsquedas creativas que se expandirán más allá del final del grupo.

The Sugarcubes fueron la anomalía del rock europeo, lejos de su solemnidad oscura y su gravedad habitual. Desde Islandia irrumpieron lúdicos y desbordados, y la presencia magnética de Björk terminó de convertirlos en un fenómeno improbable: un grupo proveniente de un país pequeño y lejano que, con letras aparentemente absurdas y melodías pegajosas, logró abrir una grieta en la industria anglosajona.

Stick Around for Joy (1992) fue el cierre de una etapa que comenzó como un juego entre amigos más que como un plan para triunfar en la industria. The Sugarcubes nunca fueron un proyecto calculado. Años después, en una entrevista concedida en 1995 a la revista Oor, Björk lo explicaría con honestidad:

“De repente, The Sugarcubes se convirtieron en algo muy interesante y toda la gente quería que fuesen famosos mundialmente. Y lo raro es que nosotros empezamos a esforzarnos para conseguirlo, aunque todos teníamos otras ocupaciones. Pero sabíamos que nos arrepentiríamos toda la vida si no lo hacíamos (…) Pasado un tiempo, la broma se convirtió en un trabajo, una profesión. Y entonces fue mal”.

Bjork en The Sugarcubes. Via Flickr por masao nakagami. https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/deed.en.
Bjork.

El último acto

Para cuando grabaron Stick Around for Joy, el problema ya no era estrictamente musical. El desgaste venía del ritmo frenético que había marcado la corta trayectoria de The Sugarcubes. 

Elektra Records financió la grabación del disco y acordaron que lo produjera Paul Fox, tras el mal recibimiento comercial y crítico de Here Today, Tomorrow, Next Week! (1989). Ólafsson explicaría más tarde:

“Lo que necesitábamos no era un tipo extremadamente creativo, con ideas caprichosas sobre música new age, sino, al contrario, un tipo realista, una enfermera que nos tratase amablemente y nos devolviese al camino correcto cuando nos desviásemos al sinsentido (…) Vino a Islandia y produjo nuestras maquetas para ver si iba a funcionar. Funcionó, fue magnífico”.

La elección de Paul Fox tuvo que ver con eso: no cambiar excesivamente el rumbo sonoro para sostener la singularidad y la esencia del grupo, la espontaneidad que alguna vez deslumbró en su debut, Life’s Too Good (1988). Fox aportó calma y método, una forma de ordenar sin invadir. Más que transformar el sonido, ayudó a que la banda pudiera terminar el disco sin que las tensiones lo desbordaran todo.

Estallar en euforia 

A nivel sonoro, The Sugarcubes se sienten como una reminiscencia de Talking Heads, B-52’s y Cocteau Twins. Mezcla del avant-rock y post-punk, con ritmos tribales, insistentes y casi hipnóticos, mientras las melodías ascienden hasta estallar. Hay algo magnético en esa combinación, como si cada canción estuviera a punto de desbordarse, es una especie de ebullición sensorial entre las capas vocales de Bjork y Einar Örn.

La voz de Björk no solo interpreta: encarna el deseo. Sus letras, sugerentes y a menudo ambiguas, hablan de hambre, impulso, curiosidad, cuerpos que buscan y emociones que no se conforman. Más que narrar, evocan; más que explicar, provocan, convirtiendo el disco en una experiencia corporal.

El deseo de ir más allá

El ocaso de The Sugarcubes es el preludio de Bjork. A medida que el proyecto colectivo pierde impulso, su voz comienza a adquirir otra dimensión. Siggi Baldursson, baterista de The Sugarcubes comentó en una entrevista de 2017:

“Se volvió evidente para todos nosotros que Björk necesitaba un espacio distinto para su creatividad. Necesitaba abrirse camino por su cuenta. Traía sus propias ideas y, la mayoría de las veces, no funcionaban dentro de nuestro marco. Se hizo obvio que ella era su propio colectivo”.

En Stick Around for Joy, esa transición no se anuncia como ruptura abrupta, sino como desplazamiento interno. Las canciones mantienen la estructura de banda, pero el foco emocional comienza a concentrarse en ella. En “I’m Hungry”, Bjork canta: “ Sedienta de sorpresas/ lista para la experiencia”, ese impulso se vuelve explícito: el “hambre” es una declaración de deseo. Deseo de experimentar, de ir hacia lo desconocido, de intentar algo que aún no se haya hecho.

Stick Around For Joy se siente como un epílogo con un final abierto: el álbum resume la evolución de la banda, mantiene su energía característica y deja entrever los primeros destellos de la voz solista de Björk, abierta a nuevas búsquedas y horizontes.