El 13 de septiembre, Supertriste aterrizó en Santiago para presentar Bloop, su disco debut, trayendo la fuerza del norte grande a la capital.
Con un abanico de efectos ruidosos y cargados de distorsión, Supertriste se consolidó como una de las propuestas más sólidas del Norte grande, desplegando canciones que combinan intensidad, melodía y matices shoegaze.
La noche se completó de la mano de Columpios al Suelo, referentes del art rock y la psicodelia local, cuya intensidad atmosférica logró un contraste perfecto y elevó la experiencia a un diálogo generacional.
Una fecha producida por Joy Boy Records que dejó registro de cómo Supertriste construye su identidad, desafía la distancia cultural desde la tierra de campeones y demuestra que la música chilena, incluso en sus márgenes, sigue floreciendo con fuerza y creatividad.
El Bar de René, ese pasillo largo de luces y llamas, fue testigo de un cruce generacional. La cita tenía un doble filo: Supertriste presentaba su álbum debut Bloop y Columpios al Suelo recordaba que parte de la década pasada sigue vigente.
Todos confluyeron en una noche que dejó la certeza de que la música chilena, incluso en sus márgenes, sigue escribiendo capítulos memorables.

Fotos por Constanza Llefi
Columpios al Suelo
Columpios al Suelo fue el prólogo incendiario, un set breve, pero cargado de descargas y sonidos láser propios de una sala de arcade. Juan Desordenado, con un atuendo a lo Kraftwerk, entonaba sus líneas a la par que Felipe sacudía los graves.
Camilo con su guitarra fue el desorden magnético del grupo, mientras desde los teclados, Bárbara filtraba un canto que aportaba calma a la tormenta. Entre rabia, poesía abstracta y el derrumbe percutivo de Raúl, confirmaron que su intensidad sigue siendo lúcida.
Lo que en una entrevista de 2018 parecía un lamento —una escena casi estancada, sin apoyo ni proyección— se está intentando revertir. El 2025 muestra un mapa distinto. Hotspots musicales que florecen en todo Chile, autogestionados, persistentes.
Supertriste
Supertriste emergió desde el fondo del bar con “Grisaceo”, la primera canción de su repertorio, y la sala se estremeció de inmediato. El quinteto iquiqueño volvió a Santiago cargando el peso y el orgullo de haber levantado su propuesta desde otras latitudes.
“Dejavu” desplegó la voz aterciopelada de Héctor, llena de matices que se extendieron en cada verso sin quebrarse ni ahogarse. Es, quizás, el tema más triste del disco. Una atmósfera densa y luminosa a la vez, con una letra que parece despedir el invierno.

Las guitarras fueron celebradas por el público. Johan, con una energía casi performática, hacía bailar la guitarra en diálogo constante con los pedales, mientras Rodrigo, absorto, tenía la mirada incrustada en los suyos, construyendo capas y paisajes en “Evasivo”.
Peña, tras la batería, dio uno de los momentos más intensos con “Frío”. Hi-hats, redobles y baquetazos que encendieron los primeros mosh de la jornada. El bajo de Roco se abrió paso con la misma contundencia, mientras su larga cabellera le cubría el rostro como un velo eléctrico.
Los presentes rondaban todas las edades. Adolescentes curiosos, incluso gente que había viajado desde otras regiones solo para escucharlos en vivo. Esa intimidad, entre saltos y luces, fue un retrato del vínculo real que Bloop ya ha forjado más allá de las plataformas digitales.
En “Algo Siento”, la banda se miró entre risas, dejando entrever la complicidad de un trayecto recorrido con espinas pero también con alegrías. En “Nube” y “Descendente”, la audiencia respondió con coros y saltos, confirmando que esa dupla, ya forma parte de una tradición compartida.
Con las inéditas “101” y “Paredes” se vislumbró el futuro, como si la banda ya estuviera abriendo una nueva puerta incluso en medio de su proyecto debut.
El cierre con “36” fue un estallido colectivo. La sala entera se agitó, y de pronto Camilo, de Columpios, subió al escenario para tomar el micrófono de Roco, quien lo vio crecer en agrupaciones anteriores. Fue un gesto inesperado y cargado de recuerdos, que unió pasados y presentes.
La velada terminó como debía: con historias cruzadas, generaciones que dialogan y un circuito que, lejos de estancarse, late con más fuerza que nunca.






