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Abelocaín y Roce de Mente en BAJ: un cierre que se sintió como casa

Abelocaín en BAJ. 2025. Por María Fernanda Acosta.

Balmaceda Arte Joven vivió un cierre especial. Roce de Mente encendió la sala con un set que hizo bailar a todos desde el primer minuto y Abelocaín entregó un show lleno de emoción, memoria y cariño, con un público que cantó cada canción y acompañó como solo una comunidad verdadera sabe hacerlo.

Balmaceda Arte Joven estaba distinto. El escenario grande, la sala abierta, y esos aviones de papel colgando del techo que marcaban el tono: memoria, afecto, comunidad. Era el cierre del año para Abelocaín dentro del programa Espacio BAJ, Crea Comunidad, pero también la despedida de un proceso en el que se hicieron de un público que se volvió parte de ellos.

Roce de Mente: una fiesta hecha a mano

Roce de Mente apareció primero y bastaron unos segundos para que la sala completa se entregara a su ritmo. La mezcla de trompeta, saxofón, bongó, batería, guitarra y bajo construyó un sonido lleno, vivo, que hizo mover incluso al que llegó tímido.

La gente bailó desde el primer minuto. Corearon las canciones de su EP Flor en Fiebre, los singles sueltos y, por primera vez en vivo, “Amuleto”.

Con “Discohouse” la sala explotó. Esa canción tiene un empuje propio, un impulso que arrastra sin preguntar. Roce de Mente logró lo que pocas bandas logran en un show de apertura: dejar el piso encendido y al público con ganas de más.

Cerraron con “Bruja” en un momento precioso, con la banda disfrutando, el público respondiendo y esa sensación de “ya, partamos con todo” instalada en el aire.

Más que telonear, Roce de Mente le dio el primer pulso a la noche.

Roce de Mente en BAJ, 2025. Por María Fernanda Acosta.

¿Dónde está Abelocaín?

Antes de que la banda subiera, se apagaron las luces. En pantalla, un video en blanco y negro. Una niña hablando con una franqueza que desarma: extrañar, recordar, sentir cerca algo que ya no está del todo, y no entender bien qué hacer con esa sensación que se queda rondando.

Una voz pequeña describiendo lo que significa seguir ligado a alguien incluso cuando la realidad se mueve distinto. Era una manera hermosa de abrir el concierto, una puerta emocional que invitaba al público a entrar sin ruido y sin prisa. Una figura, una presencia querida, un afecto que acompaña más que explicarlo.

Estaba ahí de esa forma suave en que la banda lo trae consigo: sin subrayarlo, sin convertirlo en discurso, solo dejándolo acompañar. Y de pronto, la frase que abre “Sal!”: “Tal vez soy un demente, pero te creo.”

La sala quedó en silencio un segundo. Los aviones de papel ya no parecían decoración: eran parte de la historia.

Abelocaín: un carrusel de emociones

Y entonces, Abelocaín. Camisas, pantalones de vestir, un look medio ochentero que les queda naturalísimo. En la ropa, llevaban parches tejidos especialmente para la ocasión; un gesto chiquito pero lleno de cariño.

Pero lo importante no era la ropa; era el ambiente. Apenas tocaron la primera nota, la gente respondió como si fueran viejos amigos reencontrándose.

Abelocaín en BAJ. 2025. Por Constanza Llefi.

Hubo bailes, coros, saltos, gritos y momentos de pura alegría, pero también silencios atentos y respiraciones profundas. El show fue un carrusel de emociones. Bailable, sentido, intenso, amable.

Es una combinación bien rara, pero ellos la tienen: esa capacidad de cambiar el clima emocional de la sala sin perder ni un segundo de sinceridad.

El público estaba entregado. Levantaban los brazos, coreaban cada verso, aplaudían sin esperar el final de las canciones. 

Entre aviones de papel

Los aviones de papel sobre el escenario cambiaron de significado cuando Vicente habló de cómo una hoja puede volar al ritmo de la imaginación, igual que la música. Fue un gesto tierno y sutil que, sin decir demasiado, dejó claro a los nuevos oyentes que hay alguien importante detrás de la historia de Abelocaín.

En medio del set se sumó Roque de Los Fomes, y más adelante Antígona. Ambos aportaron lo suyo con naturalidad, como si esa colaboración hubiese estado pactada desde hace tiempo. No aparecieron como invitados, aparecieron como gente de la casa

El cierre fue de esos que te dejan con un nudo suave en la garganta: aplausos largos, voces llamándolos por su nombre y una sensación general de “qué bueno haber estado acá”.

Un cierre que deja la puerta abierta

Lo que pasó en BAJ no fue solo un show ni solo un cierre de año; fue un encuentro lleno de afecto entre una banda, su espacio y la gente que los ha visto crecer. Una tarde donde todo se sintió cerca, sincero y bien cuidado.

Puede haber sido el cierre del proceso en BAJ, pero todos los que estuvieron ahí saben que es solo una parte de algo que sigue avanzando.