El pasado jueves 31 de julio se presentaron tres vibrantes proyectos en el Club Subterráneo.
Telones rojos, baldosas brillantes, bolas de espejos. El Club Subterráneo fue, por una noche, escenario de tres viajes que no se pisaron, pero sí se complementaron.
The Lullabies, Crettino y Adelaida conjugaron distintas formas de nostalgia en una velada que flotó entre la ternura, el deseo y la catarsis.
The Lullabies
La apertura fue con “Ostrich”, y el aire se volvió azul. Las luces pintaban el espacio como si se tratara de un acuario subterráneo. Sofía, con lentes blancos y aros de rombos que hacían juego con las baldosas del lugar, tejía melodías con una voz tan suave como el pandero entre sus manos.
En “Don’t Go Away” y “Washed”, las luces reflejadas en la piel del público crearon una escena inmersiva. Llegó el turno de “Lullabye”, una canción que hace honor al nombre del grupo. Con armónica en mano, Sofía nos dio refugio en medio del ruido cotidiano. Como un té caliente en un día de lluvia.
Fotos por Constanza Llefi
Gonzalo, no soltó la vista de sus pedales, mientras Coka —con una polera de Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space— alternaba entre guitarra y sintetizadores, expandiendo texturas en cada rincón del recinto. Atrás, en la batería, Benjamín mantuvo el control de cada golpe.
El cierre fue en español. La única canción cantada en ese idioma reveló la fuerza contenida de Sofía, que dejó atrás la voz aireada y encarnó, por un instante, la rabia lírica de las vocalistas noventeras. Un torbellino de instrumentos despidió un set que fue pura ternura.
Crettino
El ambiente cambió. Aparecieron luces rojas, un público más adulto, y sobre el escenario, Jean Philippe Cretton con zapatos negros brillantes y una guitarra blanca nacarada que reflejaba cada rayo del local. “Dentro del sol” encendió la energía: riffs crudos, batería acelerada, y una voz más rasposa, madura, que recuerda al grunge más clásico.
Jean Philippe —melena en capas, mirada desafiante— domina la escena. Coquetea con su guitarrista, con su baterista, con el público. Hay algo performático, casi místico, en su figura: un amuleto en el cuello, un juego constante con la cámara, una entrega total a cada canción.
En “Monje Iguana” el ritmo baja, se vuelve sensual. En “Dentro de tu cuerpo” la guitarra adquiere un brillo carnal, las luces amarillas envuelven todo y JP canta al cielo. El tiempo —ese que siempre vuelve en sus letras— se estira y colapsa entre versos. Mientras corea con su baterista, salta a las barras y ocupa cada centímetro del escenario. Crettino no interpreta canciones: las habita.

Adelaida
Vestidos negros, luces en espiral. Apenas Adelaida pisa el escenario, el Subterráneo se sacude. La temperatura sube. El pulso se acelera. Hay algo físico, inmediato, en su sonido: guitarras que se arrastran como olas furiosas, bajo que perfora el pecho, batería que no da tregua.

Jurel Sónico, al frente con su guitarra, dirige la tormenta. Anke, con el bajo al cuello, sostiene el peso del temporal con una precisión feroz. Tomás y Joaquín, en batería y guitarra, completan la maquinaria que empuja cada canción como si fuera la última. “Columpio”, “Retrovisor”, “Caída libre” — son algunos de los temas que vuelven el ruido ritual.
Guitarras gruesas, distorsión abrasadora y una densidad sonora que se siente en el cuerpo. Entre el shoegaze, el grunge y un indie onírico, su propuesta es catártica. Cada canción es una herida en la que el público habita, grita y baila. Nada queda en pie.






