En pleno cambio de siglo, hacer pop sin recurrir al revival era casi imposible. Smith lo intentó, atrapado entre la presión de una gran discográfica y su obsesión por el detalle, entregando un epílogo ambicioso, complejo y profundamente suyo. Un álbum que, sin quererlo, formaría parte de la cultura pop.

Hay artistas capaces de hacer reír, llorar e incluso dormir a su guitarra en una misma canción, y uno de ellos fue Elliott Smith. Con Figure 8, Steven Paul Smith marcó un hito en su carrera, un momentum en su discografía que destiló una dualidad que sólo él podía sostener.
Este proyecto nació bajo la presión discográfica y comercial de convertirse en el mejor de su trayectoria, pero no lo fue. Según Smith, fue innecesariamente sobreproducido y aunque no se opuso a ello, tampoco lo celebró. No obstante, sigue siendo un trabajo esencial dentro de su catálogo, mostrando el lado más pop y accesible de un cantautor que no solo escribía canciones; las fragmentaba, las descomponía y luego las volvía a ensamblar.
Su problema no fue tanto la confección, sino la desconexión entre la visión de Smith y el formato que se le impuso. El material carga desbalances que sus antecesores no. Se hace extremadamente largo. En palabras del intérprete, había temas que no llevaban a ningún lado y que muchas estaban ahí solo para rellenar el espacio de un álbum ambicioso.
Entre tanto vacío argumental dentro de este trabajo discográfico, y de forma contradictoria, surgen perlas que se posicionan entre lo mejor de toda su obra y pasaron a formar parte del entendimiento cultural de su época. Elliot, sin querer, pasaba a convertirse en un ícono más de la denominada “cultura pop”.
Smith a la cabeza de posteriores clásicos
“Son Of Sam”, la carta de presentación alucinante, lleva la sobreproducción más apegada al estilo rock del artista y le cede el paso a “Somebody That I Used to Know”. “Mr. Misery”, como fue apodado tras participar en la banda sonora de “Good Will Hunting”, demuestra que puede cantar más allá de su voz característica y fusionar los componentes de sus piezas pasadas para darles ese carácter melódico de sus discos más pop. Una dupla brillante.
Elliott era tan exigente con los músicos que componían junto a él que rara vez quedaba conforme. Pistas como “Junk Bonk Trader” tienen un filo distinto al resto porque está creada casi completamente por él solo.
“Everything Means Nothing to Me”, es una balada de piano que incluye a la Orquesta Sinfónica de Neil Diamond y se escapa del convencionalismo sin saturar la escucha, presentando una melodía con un resplandor propio.
“L.A.” destaca por su estructura única, que se despliega en una serie de matices a medida que avanza. Esta canción refuerza la reputación de Elliott como uno de los más grandes compositores de su tiempo, mostrando a un artista en un nivel al que pocos logran llegar.
Los últimos cuatro temas, tomando de referencia a “Pretty Mary Kay” resumen a la perfección Figure 8. Aunque están marcados por una producción cargada de trucos para hacer el disco más accesible, también incluyen algunos de los giros más sorprendentes del álbum, con una influencia clara de Los Beatles.
Un final abrupto y el inicio de la leyenda
Elliott Smith murió tres años después bajo circunstancias difusas, como si su partida se hubiera tejido con la misma sutileza con la que componía. Una caso muy parecido al trágico y repentino fallecimiento de Jeff Buckley.
La portada de Figure 8 fue tomada en Los Ángeles, frente a una pared que formaba parte de un espacio cultural ya desaparecido. Todo lo demás fue demolido, menos ese muro. Con los años se transformó en un punto de homenaje, donde los fanáticos se reúnen cada cierto tiempo para retocar la pintura y mantener viva la memoria de un músico que nunca pasó desapercibido a pesar de su tenue voz.
Figure 8 es, en última instancia, un testamento involuntario. No al éxito ni al cierre perfecto, sino a la complejidad de un músico en constante tensión con su tiempo, su industria y consigo mismo. Un álbum que no cumplió con lo que se esperaba de él, pero que dejó huellas más hondas que muchos triunfos. Su último acto, sin intención de serlo, terminó por decirlo todo.

