Cuando se anunció el line up del esperado regreso del Festival Neutral, entre los nombres de reconocidos pioneros de la escena experimental y artistas que hoy están renovando sus lenguajes apareció Asakusa Mon Amour. El nombre destacó de inmediato en el cartel por su mezcla de idiomas y el juego entre Asakusa, el barrio tokiota, y Mon Amour, la expresión francesa que remite al amor. Detrás de él está Sarah Cox, una artista de 19 años que se convirtió en la integrante más joven del cartel.
Sin embargo, su nombre ya llevaba un tiempo sonando por los distintos escenarios del circuito independiente. Primero fue Serial, después Solace y ahora Asakusa Mon Amour, proyecto con el que ha ido desplazándose entre el screamo, el emo, el noise y la experimentación hasta construir un imaginario donde las guitarras conviven con sintetizadores, samples, máquinas y una puesta en escena tan importante y desbordada como el sonido.
Para quienes la vimos con Serial, abriendo para Hesse Kassel en el Liceo Manuel de Salas, Cox era difícil de perder de vista. Vestía un seifuku, llevaba el pelo negro desfilado y unas perforaciones llamadas “colmillos de ángel” en la boca. Tomó una guitarra blanca y se instaló junto a un sintetizador. Cuando empezó a cantar, su voz cayó sobre el escenario como una cuchilla seca, aguda y punzante.
En ese entonces, las máquinas ya ocupaban un lugar importante en su propuesta. “Siempre me ha gustado la música industrial y todo lo se entiende por música distinta, por ejemplo todo lo que se aleja del formato típico de guitarra, bajo y batería”, explica. Su interés estaba en introducir algo que todavía no era demasiado habitual dentro del rock chileno más crudo.
Desde esa premisa, Sarah ha pasado por distintos proyectos y lenguajes sin abandonar esa inquietud de hacer algo diferente. En Asakusa Mon Amour esa búsqueda se volvió más radical y también más personal. Su disco Una marcha funeraria a la altura de la muerte, estrenado en mayo de 2026, reúne siete canciones y 26 minutos de noise, samples y experimentación, construido prácticamente en soledad y desde su habitación.
La infancia, el cine y la máquina
La historia de Sarah con el ruido comenzó bastante antes de que encontrara el noise y desde una orilla muy distinta. Durante siete años estudió piano clásico en un conservatorio. De niña tocaba Debussy y Ryuichi Sakamoto, y, según cuenta, ni siquiera le gustaban los gritos.
“Yo era una niña clásica, muy correcta y ordenada. La guitarra también la aprendí desde ese lugar acústico, de una forma más tradicional de entender el instrumento”, dice.
El ruido apareció después, como un quiebre con aquella formación y con la idea de pureza que la había acompañado durante la infancia.
“Mi decisión tan extrema de hacer música tan opuesta fue una contra una postura que quería corromper todo ese sistema de valores que yo venía trayendo”, explica. Algunas de esas primeras exploraciones, como aprender a gritar, ocurrieron a escondidas en su pieza.
A medida que crecía, también comenzaron a aparecer preguntas más difíciles alrededor de la muerte, la locura, la pérdida y aquello que no podía comprender. Esas ideas terminaron acumulándose hasta formar lo que ella describe como un “núcleo mortífico”.
La rabia, la pérdida y la confusión encontraron una salida en el ruido. En su historia, la muerte aparece de distintas maneras: el asesinato de su abuelo en dictadura, las pérdidas familiares, su salida de Serial y los cambios propios de crecer, dejar atrás la infancia y enfrentarse a la adultez. La asimilación de todos estos hechos ocurrieron durante un período particularmente intenso de su vida y terminó acumulándose en el disco. En vez de apartar o mitigar esas experiencias, las tomó como parte de lo que estaba viviendo y las convirtió en una obra.
Y el ruido siempre estuvo ahí. Su madre, Alejandra Carmona Cannobbio, cineasta y ex integrante de la escena industrial de los años ochenta y noventa, fue una de las primeras puertas de Sarah hacia esos sonidos. Carmona pasó cerca de veinte años de su juventud entre Alemania y Chile y trajo consigo parte de aquella riqueza cultural.
Entre esos proyectos estuvo Arquitectos de Ruidos, la agrupación que Carmona desarrolló en Chile y cuya música terminó reapareciendo años después en el trabajo de su hija. “El interludio en parches para una máquina rota, ‘Progresivo I’, es básicamente una canción de mi mamá que sampleé para el proyecto”, revela.

“Yo, muy inspirada por mi mamá, ocupé el mismo sintetizador que ella en su juventud. Además me aconsejó que usara ese en particular”, detalla. Se trata de un Korg MS-20, un sintetizador analógico que escogió precisamente por su capacidad de obligarla a construir el sonido desde cero.
“Me encantan los artefactos que son análogos por completo porque tienen vida. No es como las máquinas que tú conectas al computador y ya tienen un sonido, un preset o ya cuentan con una pantallita o memoria. Tú tienes que crear los sonidos desde las ondas de electricidad que entran y luego salen”, explica
Pero la influencia de Carmona no quedó solamente en los discos. Sarah creció viendo cine experimental, acompañándola mientras trabajaba y entrando de a poco en un universo de referencias que después terminaría incorporando a su propia música. “Vi Eraserhead de David Lynch desde pequeña y mi mamá me mostró buena parte de aquello que hoy se reconoce como cine de culto”.
Su hermana, también cineasta, compartió con ella la fascinación por Japón y ayudó a ampliar un imaginario que ya venía creciendo desde su gusto por la animación nipona. A ese universo se sumaron después Shūji Terayama, Hanatarash, Midori, Blonde Redhead, el noise japonés y los samples de películas que hoy aparecen en su música.
Todo eso terminó mezclándose en Asakusa Mon Amour. La formación clásica, la música industrial de su madre, el cine, Japón, las máquinas analógicas y una fascinación por lo oscuro conviven en un proyecto que no esconde ni suaviza sus contradicciones.
Una marcha funeraria a la altura de la muerte
Esta alegoría fúnebre nace de ese periodo de extremos, pero también de una forma particular de entender la música. Para Sarah, hacer noise no consiste solamente en llevar el sonido al límite, también suma un momento espiritual.
“Para mí la música es mi vínculo con Dios, para darle explicación a lo que me ha pasado. Es la parte espiritual con la que veo las cosas, donde hay una entrega total”, dice.
Su relación con lo religioso tampoco pasa por una doctrina. Habla de rituales y de momentos en los que intenta acercarse a aquello que define como Dios, pero que también asocia con lo sublime y lo inexplicable. El punto de encuentro está en la vibración. Sarah recuerda una frase de la Biblia que sí le hace sentido: “Primero fue el verbo”. Ella la interpreta de una manera distinta. “Primero fue el sonido”.
En el noise, esa búsqueda encuentra una tradición que lleva décadas poniendo en cuestión los límites de la música. Desde las máquinas de ruido de Luigi Russolo y las experiencias de la música concreta hasta el desarrollo de escenas como el noise japonés, el género ha trabajado con sonidos que la composición tradicional tendía a excluir, como la saturación, la distorsión, el feedback, la repetición o la interferencia. El ruido deja de ser un accidente que debe corregirse y pasa a ocupar el centro de la obra.

Sarah se acerca a esa tradición desde una idea similar. “Para mí el noise es como todo lo que tenga que ver con lo incomprensible. Hay mucha grandeza en el noise”. Le interesa esa capacidad de alterar lo que el oído reconoce y llevar la experiencia musical hacia un lugar menos cómodo y predecible, desarmando las reglas con las que normalmente escuchamos una canción.
En Una marcha funeraria a la altura de la muerte, esa búsqueda aparece en la manera en que utiliza las máquinas, los samples, las distorsiones y la voz, recursos que le permiten trabajar con aquello que la música convencional suele ordenar, limpiar o dejar fuera.
El sonido también está en su voz
Hay una diferencia entre estar sobre un escenario y hacerse escuchar. Sarah siente que arriba de él ha encontrado su espacio, pero que las dificultades aparecen cuando toca decidir, producir o trabajar detrás de la música. Ahí la sensación es distinta. “Siento que siempre me han tenido con un volumen un poquito más bajo”, expresa.
Lo experimentó especialmente cuando comenzó a producir y trabajar con otras personas. Su opinión no siempre tenía el mismo peso y muchas veces sentía que tenía que demostrar que sabía de lo que estaba hablando. Le explicaban conceptos que ya conocía, le hablaban como si partiera desde cero o ponían en duda sus decisiones, aun cuando tocaba los mismos instrumentos, manejaba las mismas escalas y tenía los mismos conocimientos que los hombres con los que compartía esos espacios. No siempre era una confrontación abierta, más bien una serie de situaciones pequeñas que terminaban instalando la sensación de que debía acreditar su conocimiento.
Con Serial la situación cambió. Eran solo mujeres sobre el escenario y la reacción fue inmediata. Después, con Solace, volvió a encontrar un espacio donde siente reconocimiento por parte de sus compañeros y un protagonismo visible.
En Asakusa Mon Amour decidió hacer todo por su cuenta. Grabación, producción y decisiones creativas quedaron en sus manos. No quería que ninguna persona tuviera que intervenir entre ella y sus instrumentos. “Fue demasiado grato hacer lo que quiero y es válido. Nadie entremedio haciendo que sea más difícil de lo que ya es”, dice.
Cox encontró en la soledad del proyecto una forma de recuperar el control sobre su propia obra y, esta vez, no había que subirle el volumen a su voz para que alguien pudiera escucharla.
De cuatro paredes a Neutral
Ahora esa búsqueda llegará al Festival Neutral. A Sarah le avisaron apenas dos días antes de que su nombre apareciera en el cartel. Hasta ese momento, ni siquiera tenía contemplado llevar Asakusa Mon Amour a un escenario, ya que el proyecto había sido pensado como algo íntimo, hecho completamente bajo sus propias reglas.
Su primera reacción fue preguntarse qué hacía ella ahí. Después entendió que también había llegado hasta ese escenario por su propio trabajo.
El anuncio cambió los planes de inmediato. “Arrendé una sala de ensayo rápido, tuve que pedirle ayuda a otras personas y preparar una banda para llevar Asakusa al Neutral. Busqué gente que entendiera la propuesta y decidí que hubiera una mayor presencia femenina en la formación”, adelanta.
Ahora el desafío está en trasladar al escenario lo que construyó prácticamente sola en el álbum, buena parte del cual fue grabado en primeras tomas, conservando esa espontaneidad sin que el formato en vivo termine por domesticarla. Y aunque la prioridad es esa, Sarah tampoco descarta que en el proceso se abra espacio para sorpresas e incluso para nuevas canciones.
La noticia, curiosamente, no parece asustarle demasiado. Ya le había ocurrido con Serial, cuando pasó de tener apenas un par de presentaciones a ensayar prácticamente todos los días para compartir escenario con Hesse Kassel. “Yo sé que trabajo mejor bajo presión. Si no es de ese modo, me dejo estar”, menciona entre risas.
“Hay que enorgullecerse de los logros de uno y esforzarse por hacer una presentación digna del espacio que te dieron”. concluye.

