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“Cargar el peso del guion”: Candelabro y como reconocer música en una sociedad de parches

Candelabro en videoclip de Prisión de Carne. Por @juxnmv.

Entre definiciones de “escenas” y una avalancha de apoyo colectivo, la música chilena ha vivido años que, de alguna forma, han moldeado un ímpetu por construir. Candelabro ha sido una de las bandas que han permitido analizar este proceso desde un ecosistema donde la autogestión juega un papel fundamental.

A su vez, la banda presentará este próximo 20 de mayo en Teatro La Cúpula un show que repasará Deseo Carne y Voluntad, uno de los discos que sustenta esta simbiosis entre el escenario y la audiencia.

“Cargar el peso del guion”

Cada cierto tiempo pasa algo parecido en Chile. Algún curador extranjero menciona bandas locales, aparece un artista chileno circulando fuera, alguien inesperado habla de música hecha acá, y rápidamente empiezan las discusiones, las recomendaciones urgentes, las listas improvisadas y la sensación extraña de que de pronto hay gente mirando hacia este lado del mapa.

Nunca me ha parecido demasiado interesante la idea de sentirnos “validados” desde afuera. Lo verdaderamente revelador suele aparecer en otra parte. En cómo esos momentos exponen cosas que jamás habíamos considerado realmente posibles. Como descubrir que una de las personas que hoy participa activamente en cómo circula la música en internet tiene origen chileno, reconoce esa historia familiar y sigue atento a lo que ocurre acá.

Y justo ahora, cuando acá están pasando cosas difíciles de explicar porque todavía ni siquiera sabemos bien cómo nombrarlas. En Chile siempre ha sido raro hablar de escenas musicales. Muy raro y no creo que exista una denominación de origen para lo que ocurre en el presente.

Candelabro en videoclip de Prisión de Carne. Por @juxnmv.

Candelabro también permite pensar todo esto porque su historia jamás apareció desde una industria sólida ni desde una escena completamente articulada. El recorrido fue otro; tocar en espacios pequeños, circular entre universidades, moverse dentro de un ecosistema donde las bandas todavía sobreviven gracias al boca a boca, la autogestión y una necesidad casi obsesiva de seguir creando incluso cuando pareciera no existir infraestructura suficiente para hacerlo.

Ahí aparecen las primeras maquetas, las primeras tocatas, el Manduca, los espacios donde comenzaron a cruzarse los músicos y el circuito indie más internetizado de Santiago. Eso ya decía algo importante: Candelabro nunca perteneció completamente a un solo lugar. Siempre funcionó desde el cruce; como si su sonido fuera el punto exacto donde la presión de la cordillera empuja el aire hacia los valles, para terminar rompiendo en una costa que nunca es mansa. Una geografía de lo posible que solo ocurre cuando los extremos se tocan.

Y quizás ahí empieza una discusión mucho más incómoda sobre qué es esta supuesta “nueva escena chilena”.

Porque escenas musicales han existido siempre. Existieron en los circuitos punk durante dictadura, en el hardcore de los noventa, en el pop dosmilero, en los sellos independientes que sostuvieron generaciones enteras cuando prácticamente no existía industria, en las tocatas autogestionadas, en los foros de internet, en las radios online, en casas donde veinte personas armaban conciertos improvisados solamente para mantener esto vivo.

Chile nunca careció de escenas: lo que faltó muchas veces fue la posibilidad de pensarlas colectivamente sin fragmentarlas de inmediato y creo que por eso la definición de nueva escena resulta confusa, con proyectos pop, rock, de vanguardia y otros conviviendo al mismo tiempo y en los mismos espacios.

Candelabro, banda chilena

La dictadura destruyó mucho más que proyectos políticos. Rompió formas de comunidad, instaló el miedo como lógica cotidiana y convirtió la desconfianza en una manera de relacionarnos. Quizás por eso las escenas culturales chilenas muchas veces terminan funcionando como espacios cerrados, pequeños territorios donde cada grupo protege lo suyo mientras mira con sospecha al resto.

Chile y un desplome estructural

En la última década, la fractura terminó de extenderse. El estallido social, la pandemia y el naufragio de sucesivos proyectos políticos profundizaron un aislamiento que ya era estructural. Aunque se citen como hitos estadísticos, apenas alcanzamos a dimensionar cómo estos procesos alteraron la mecánica de la convivencia.

Vivir este desplome desde Chile altera las proporciones. Nos enfrentamos hoy a una generación completa intentando articular nuevas formas de vínculo en medio de una crisis permanente. Es la búsqueda desesperada de pertenencia en un territorio que históricamente ha hecho de la catástrofe su norma.

Lo interesante de lo que ocurre ahora tiene relación con otra cosa. Empiezan a aparecer cruces reales; públicos distintos compartiendo espacios. Gente del metal viendo bandas experimentales. Personas del jazz entrando a circuitos pesados y gente del rap invitada a escenarios con guitarras estruendosas. Proyectos que dialogan con internet sin abandonar completamente la experiencia física de la tocata.

Todo sigue siendo caótico, contradictorio y desprovisto de políticas culturales, pero por primera vez en mucho tiempo pareciera existir una voluntad genuina de construir comunidad sin exigir homogeneidad

El crowdfunding de Deseo, Carne y Voluntad probablemente resume muy bien ese momento. Porque financiar un disco así en Chile no tiene que ver únicamente con consumo cultural; tiene que ver con afecto, identificación y pertenencia. La gente no estaba pagando por adelantado un producto. Estaba sosteniendo la continuidad de una banda que sentían propia.

Y eso se nota en los shows.

Los pogos durante pasajes instrumentales larguísimos, los mosh pits en medio de saxos y cambios de ritmo casi imposibles, la intensidad corporal con que se viven canciones que, bajo lógicas mucho más conservadoras, deberían ser más contemplativas. Hay algo profundamente interesante en esa fricción.

Cada cierto tiempo reaparece la necesidad de ordenar los cuerpos. De decidir cuál es la forma de vivir un concierto. Como si incluso dentro de espacios supuestamente libres todavía existiera miedo frente al desborde. Pero quizás lo que ocurre en los shows de Candelabro tiene menos relación con caos y más con una necesidad desesperada de volver a sentir junto a otros.

Y claro que eso incomoda.

Produce discusiones, produce desacuerdos y produce gente molesta porque alguien gritó durante un momento contemplativo o porque un pogo apareció donde “no correspondía”. Pero después de décadas donde este país aprendió a callarse, fragmentarse y desconfiar del resto, quizás una de las peores cosas que podría pasarle a una escena sería volverse completamente dócil.

También hay otra cuestión importante sobre quiénes ocupan espacio dentro de estos procesos. En discusiones recientes sobre la música chilena quedaron muchísimos proyectos femeninos fuera, y eso vuelve a demostrar que incluso hoy seguimos narrando las escenas desde lugares extremadamente parciales.

Por eso también resulta importante pensar que dentro de Candelabro —uno de los proyectos chilenos con mayor circulación internacional reciente— existan dos mujeres ocupando un rol central de manera completamente natural. No como excepción ni como gesto simbólico; simplemente como parte de una generación que lentamente empieza a construir espacios distintos a los que existían antes.

Y quizás eso es finalmente lo más valioso de todo lo que está pasando ahora. No la idea de una escena perfectamente definida, exportable o fácilmente vendible hacia afuera. Mucho menos una copia local de movimientos británicos o estadounidenses. Chile funciona desde otras fracturas, otras violencias y otras precariedades culturales.

Lo interesante aparece cuando proyectos distintos empiezan a encontrarse pese a todas esas diferencias. Y en medio de este ímpetu por construir, veo algo sumamente humano en el deseo de volver a tejer una red social que nos proteja del aislamiento. Bandas como Candelabro terminan funcionando casi como un organismo vivo, una simbiosis entre el escenario y la audiencia, intentando abrir espacio en un país que históricamente aprendió a encerrarse.

Afiche Sold Out Candelabro en Teatro La Cúpula.