Un disco que inaugura una lírica deliberadamente pomposa, cargada de alusión y dramatismo, pero sostenida por letras oscuras y crudas. Una dualidad “happy-sad” donde la melancolía se estetiza sin dejar de doler, y en la que Morrissey se mueve con naturalidad a lo largo de la fugaz e inolvidable carrera de The Smiths.
Si se tuviera que definir la esencia del debut de The Smiths, es sinestesia pura: flores marchitas, texturas aterciopeladas y la sensación ambivalente de un día domingo nublado. Un romance lánguido y fatalista, una catarsis necesaria, para sostener la intemperie emocional.
En medio de la grandilocuencia estadounidense
A comienzos de los ’80, la cultura popular respiraba en clave de contraste, héroes cinematográficos blindados de autosuficiencia y una escena musical que alternaba entre el brillo impostado del glam y la melancolía densa del post-punk.
Era una década sin mixturas, y The Smiths logró diluir esos márgenes rígidos al proponer una sensibilidad que no pertenecía del todo a ningún extremo. Ni euforia artificiosa ni oscuridad hermética, sino que se gestó una melancolía luminosa y bailable, donde el desencanto no anulaba la belleza.
La canción que logra condensar esta sensación de melancolía luminosa, es justamente “This Charming Man”, que funciona como hipérbole del universo de The Smiths, exagera su brillo melódico, intensifica la ironía lírica característica de Morrissey, llevando la vulnerabilidad masculina a un terreno de caricatura sutil.
Una mezcla post-punk y jangle pop —que en sus próximos discos se inclinó más por este último— matizados en claroscuros poéticos. El álbum, producido por John Porter —conocido por su trabajo junto a Roxy Music y The Clash— tuvo una recepción entusiasta, el disco debutó en el puesto número dos en las listas del Reino Unido, manteniéndose en el Top 75 por 33 semanas.
Si bien Morrissey es la carta de presentación de la banda, sin Johnny Marr en la guitarra, Andy Rourke en el bajo y la batería de Mike Joyce, no se lograría la impronta del jangle pop, reflejada en canciones como “Still III” y “You’ve Got Everything Now”.
Canciones como “Reel Around the Fountain” o “Suffer Little Children” funcionan como embajadoras de la cruda herencia del post-punk.

La vulnerabilidad como performance
En ese escenario de excesos y máscaras, el debut de The Smiths introdujo la vulnerabilidad como performance. Morrissey no renuncia al dramatismo, sino que lo exagera, lo estiliza, lo vuelve casi operático, pero lo hace para desplazar el centro de gravedad del rock hacia la herida íntima.
El romanticismo del apodado “Divo de Manchester” roza lo patético; su lamento es deliberadamente ampuloso —incluso rimbombante— y, sin embargo, en esa sobreactuación persiste una verdad emocional que conecta. Es la decadencia temprana de los veinte: la sensación de florecer en la penumbra, sin poder ni querer ignorar lo que sucede alrededor.
En esa exageración consciente, la fragilidad no se esconde, se exhibe para poder vivir y no solo existir. Así, el debut de The Smiths no sólo delineó un sonido, sino que cristalizó una sensibilidad, convirtió el desencanto en estética y la vulnerabilidad en parte de una identidad.

