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OMI de Tobías Alcayota: la experimentación como punta de lanza

Portada álbum OMI de Tobías Alcayota.

Desde 1991, el trío santiaguino ha levantado un universo donde lo ancestral dialoga con lo experimental. Sus discos transitan entre órganos caseros y flautas andinas, guitarras eléctricas y percusiones rituales, siempre con la intuición como brújula y el surrealismo como lenguaje.

La voz, guitarra y teclados de Marcelo Peña se entrelazan con el bajo, los vientos y el clarinete de Jorge Cabieses, mientras la batería y las percusiones de Jorge “Coco” Cabargas completan un entramado sonoro que oscila entre el juego y el trance.

Además de lo estrictamente musical, OMI tiene un valor histórico. Fue el primer lanzamiento externo de Combo Discos, sello ligado a Pánico, lo que simboliza cómo la banda era reconocida como parte esencial de la vanguardia chilena de los noventa.

Más que canciones lineales, las piezas de OMI parecen invocaciones. La ausencia de estructuras tradicionales y la preferencia por atmósferas circulares refuerzan la idea de “ritual sonoro”, donde lo importante no es la melodía en sí, sino la experiencia sensorial que se genera.

Tobías Alcayota, banda chilena.

El carácter experimental de OMI

Según David Ponce, para Música Popular Chilena, en OMI se escucha un eco de los primeros experimentos de Los Jaivas: usar lo disponible (teclados baratos, flautas, percusiones) para crear un sonido propio y ajeno a la vez. 

El disco, como describió Claudio Parra, transmite ese carácter misterioso de un viaje por territorios cercanos en apariencia, pero tratados con una distancia fantasmal. Las colecciones familiares, la cultura andina y la capacidad de imaginar y trasladarse a esos lugares, sumadas a la base rock, dieron forma al sonido de Tobías Alcayota.

“A nosotros nos gusta coquetear con cosas medias oscuras y ocultistas musicalmente”, expresó Marcelo Peña para la serie documental Bestiario del Ruido. Tobías Alcayota era parte de la médula de las calles de Santiago y de la música underground, una alternativa a las muchas alternativas de la escena de los noventa”. agregó. 

En la entrega se percibe el tránsito del proyecto hacia una experimentación más profunda con teclados, órganos caseros y percusiones no convencionales. El disco se siente como un laboratorio en miniatura: solo cinco canciones, pero que abren múltiples rutas para lo que sería la identidad del grupo.

Los “testimonios delirantes” del álbum funcionan como capas adicionales que acompañan las pistas. En lugar de letras confesionales o narrativas, aparecen fragmentos que simulan escritos automáticos o desvaríos poéticos, lo que conecta con la escritura chilena (Raúl Zurita, Vicente Huidobro).

OMI puede resultar incómodo para la escucha casual, porque rehúye el gancho melódico. Pero justamente ahí radica su importancia: es una patente que afirma que la música también puede ser intuición pura, sin concesiones.