Las primeras maquetas de la banda irlandesa, My Bloody Valentine, yacían olvidadas en las discográficas del Reino Unido. Después de años de grabaciones turbulentas, el grupo da génesis a Loveless (1991), un disco que demostró cómo el ruido subordinado a la construcción armónica es capaz de generar sensaciones únicas.
Sin ni una posibilidad de sonar en la radio, terminaron revolucionando la música en todos los sentidos.
Una eclosión de texturas
El contexto que vio nacer este emblema estuvo marcado por movimientos contraculturales hacia la música comercial de los ochenta. En Estados Unidos, el No Wave ya reivindicaba el ruido con exponentes como Sonic Youth y Swans.
Mientras tanto, en el valle del Támesis, los herederos del post-punk se asentaban en el “sonido escocés” de The Jesus and Mary Chain y Cocteau Twins, que luego sería conocido como el dream pop y el shoegaze.
La imagen difusa de la portada, dividida en un mosaico de magentas, proporciona una idea exacta de la propuesta del disco. A diferencia del virtuosismo de las mega producciones, acá se presenta un discurso roto con una estructura y continuidad insólitas.
Así lo confirma “only shallow”, una apertura sónica, densa y borrascosa. Kevin Shields, líder y guitarrista de la banda, popularizó la técnica del glide que se funde con la batería brillante de Colm Ó Cíosóig. La voz suave y aireada de Bilinda Butcher se convierte en otro instrumento que potencia la atmósfera de todo el disco siguiendo las líneas de bajo de Debbie Googe.
El volumen, las frecuencias armónicas borrosas y notas fantasmas crean un hilo conductor que navega junto a los sintetizadores en loomer, la memorable “when you sleep” y el cierre, “soon”.
“Sometimes”, con un tempo mucho más lento, se convirtió en la canción más melancólica del álbum e incluso tuvo su aparición estelar en el soundtrack de Lost in Translation (2003), película de Sofia Coppola que explora las mismas temáticas del Loveless. La voz de Shields se complementa con su destreza en los pedales y su capacidad de generar muros de guitarras y amplificadores.
Sin embargo, durante la grabación de esta gran pieza los integrantes cometieron tantos errores que les pasaron factura. Doscientas mil libras para ser exactos. Mike McGonigal explica en su libro dedicado al álbum que las grandes ideas de los integrantes estaban exentas de conocimientos técnicos, pues ni siquiera sabían cómo usar un estudio de grabación y tampoco querían ser ayudados.

Loveless y su caos en estudio
La grabación de Loveless se atrasó tanto al punto que catorce ingenieros de sonido participaron en diferentes estudios. Por otro lado, Kevin Shields fue tan déspota con el equipo y los demás miembros que hizo del Loveless un proceso interminable.
La única discográfica que decidió adoptar a los dublineses quebró y la banda terminó por desintegrarse. Luego del disco maldito, Sony absorbió a Creation Records y lo primero que hicieron fue fichar a Oasis.
Loveless consolidó a My Bloody Valentine como pioneros de una nueva estética sonora de capas y distorsión. Su enfoque innovador en el uso de efectos de guitarra y producción sentó las bases para la experimentación en la música alternativa de los años noventa en adelante.
A más de tres décadas de su lanzamiento, el álbum sigue siendo un referente esencial para los nuevos exponentes de las vertientes del dream pop y el shoegaze.

