Chile se partía en dos y Fulano respondió con caos. En su tercer disco, el sexteto creó una trinchera sonora donde cada instrumento luchaba por sobrevivir.
Este disco no busca gustar. Busca sacudir, irritar, empujar al oyente fuera de la zona de confort. Lo suyo es la incomodidad como arte, la risa como respuesta al espanto, la música como grito cuando ya no se puede hablar.
En 1989, cuando Chile se tambaleaba entre el eco de la dictadura y la promesa ambigua del plebiscito, Fulano entró al estudio a dejar registro de su propio derrumbe. Más de cien minutos de música, un casete doble que no se parece a nada y que, hasta hoy, continúa sonando como advertencia.
El título no es casual. El bunker fue refugio, pero también encierro. Una trinchera sonora desde la que el sexteto disparó con sátira, virtuosismo y delirio. No había esperanza edulcorada en este álbum: sólo disonancia, ironía, y una pulsión caótica que lo atraviesa todo.
La voz de Arlette Jequier no canta, actúa. Irrumpe, gime, narra, se transforma en sirena y en máquina. Es un instrumento más en una banda que se niega a funcionar con jerarquías tradicionales. Aquí no hay verso-estrofa-coro, hay torrente.
Aunque muchos los encasillaron dentro del jazz fusión, ellos mismos lo desmienten. “Nos veían con esos instrumentos y creían que era jazz, pero nada que ver. Nunca lo fuimos”, aclararon. Fulano fue otra cosa: una criatura sonora deforme, libre, sin obediencia.
A diferencia de sus contemporáneos del Canto Nuevo, Fulano no oculta su crítica tras metáforas. Si bien hay humor y ciframiento, el mensaje es directo. “Adolfo y Benito, Augusto y Toribio” es un desfile de nombres y horrores. Un recordatorio sarcástico del autoritarismo del siglo XX.
En lo sonoro, En el Bunker es un manifiesto del exceso. Cambios de ritmo, estructuras impredecibles, fragmentación constante. Todo suena en simultáneo: el jazz, el rock progresivo, el avant-garde, la música contemporánea. Un ataque frontal al orden.
Detrás de la saturación, hay una conciencia absoluta del momento histórico. La dictadura estaba por terminar, pero el daño seguía intacto. Fulano lo entendía: de ahí el tono apocalíptico que recorre cada pista.
No es casual que tras esta obra la banda entrara en pausa. Como diría Jorge Campos, fue una “depresión postparto”. Era el fin de una etapa. Nadie queda igual después de construir una obra de esa magnitud.
En el Búnker no se parece a nada que haya salido en Chile antes o después. Fue —y sigue siendo— un gesto radical de libertad. Un documento brutal que suena como un país que ya no podía seguir callando

