Inundaremos presentando “tanquemante”: una catársis hecha de canciones

Inundaremos en sala Patricio Bunster 2026 - Por Sebastián Lara

Entre abrigos de lluvia, versos de Radrigán y un escenario blanco que funcionó como lienzo, Inundaremos presentó tanquemante en el Espacio Patricio Bunster de Matucana 100. Una fecha doble donde la crudeza del disco dio paso al desahogo colectivo, la defensa de la cultura y la certeza de que la música chilena se sostiene en comunidad.

Hay algo en los escenarios blancos que hace que uno mire distinto. Quizás sea la luz, que se reparte por todas partes, o la sensación de que cualquier cosa que ocurra sobre ellos va a quedar a la vista. En el Espacio Patricio Bunster de Matucana 100, el miércoles y jueves, Inundaremos recibió al público con un escenario completamente vestido de blanco. Poco a poco, mientras la gente entraba y encontraba su lugar en la sala, ese espacio fue dejando de sentirse vacío.

Sobre el escenario llamaba la atención una camiseta de Palestino, dispuesta junto a la instrumentación completa de Inundaremos. Nada parecía estar ahí por simple relleno escenográfico. Había algo de la banda y de su postura repartido por la sala, una forma de hacer que el espacio también hablara de quienes estaban a punto de ocuparlo.

La presentación de tanquemante, su segundo álbum de estudio, llegaba después de una gira que llevó al grupo por distintas ciudades del país. El disco, publicado el 30 de abril, marca un cambio respecto de Esto lo hice sin querer (2023). Si aquel primer trabajo nació de una grabación casera, con los recursos que tenían a mano, en este nuevo álbum Inundaremos se permitió trabajar con guitarras, baterías, chelos, sintetizadores y saxofones. Es un tránsito consciente: pasar del refugio al derrumbe, asumiendo que lo cálido da paso a la crudeza y a la ausencia, como parte inevitable de crecer.

Esa identidad se hizo presente en Matucana 100. Pero antes de pensar en los instrumentos o en las decisiones detrás de las canciones, había que estar ahí, frente a una banda que parecía interesada en que la gente no se sintiera simplemente espectadora.

Una historia que también se cuenta desde el escenario

Durante la jornada hubo un espacio para mirar hacia atrás. Un documental reconstruyó parte del camino que llevó a Inundaremos hasta este momento, acercando al público a la historia del proyecto y a las experiencias que han acompañado su desarrollo. Ver ese recorrido antes de la presentación le daba otra dimensión a las canciones. De pronto, lo que estaba ocurriendo sobre el escenario tenía también una historia anterior, hecha de tiempo, trabajo y decisiones compartidas.

La música de Inundaremos tiene esa capacidad de moverse entre estados de ánimo sin que uno tenga que elegir necesariamente entre ellos. En tanquemante hay tristeza, pero también una búsqueda de luz. El nombre del disco también tiene una historia propia. Francisca Fuenzalida encontró la palabra “tanquemante” en un poemario de Juan Radrigán que compró en La Tienda Nacional. En uno de sus textos, La noche cierra el mundo, el dramaturgo escribe sobre una pareja que, después de compartir planes, besos y ternura, termina atrapada en la violencia. El poema cierra con estos versos:

“Ella es una bestia
Él es una bestia.
Oncemente,
tanquemante ha muerto el amor.”

Francisca compartió la palabra con sus compañeros y terminó dando nombre al segundo álbum de la banda. En el poema, aparece después de una relación marcada por el daño y el desgaste. En el disco, acompaña una búsqueda musical que se aleja de la sonoridad más cálida y casera de Esto lo hice sin querer para explorar la crudeza, el frío y la ausencia. La propia banda ha hablado de ese cambio como una manera de salir de la etiqueta de música cálida y hogareña que la acompañó en sus comienzos.

Esa búsqueda también se escuchó en Matucana 100. Frente a esa atmósfera, la cita literaria se hizo presente sobre el escenario. Vestidos con esos abrigos oscuros e impermeables para la lluvia que definen la estética visual del disco, Francisca, frente al micrófono, volvió a pronunciar esos versos. A lo largo de la presentación, las canciones fueron transitando por distintos estados de ánimo, mientras la puesta en escena acompañaba esos contrastes de intensidad.

La tristeza también puede ser compartida

Hay una diferencia entre escuchar un disco a solas y encontrarse con esas mismas canciones en una sala llena de gente. En los audífonos, uno puede volver atrás, detenerse, elegir cuándo escuchar. En un concierto, en cambio, la música sucede al mismo tiempo para todos. La emoción de alguien que está al lado también forma parte de la experiencia, aunque no se conozcan y probablemente nunca vuelvan a encontrarse.

Esa sensación estuvo presente durante la interpretación de tanquemante. La tristeza aparecía como una parte de la experiencia, sin necesidad de disimularla. Y, a medida que avanzaba el espectáculo, esa melancolía encontraba también momentos de desahogo. Había algo de catarsis en esa convivencia, en poder escuchar canciones que se detienen en aquello que duele y descubrir que, aun así, se pueden compartir con otras personas.

En medio de ese tránsito apareció uno de los quiebres más teatrales e íntimos del concierto. Con un paraguas abierto y la sala teñida de azul, la actriz Avril Aurora tomó el micrófono para declamar El grupo de hombres tristes escrito por ella. La intervención funcionó como un paréntesis necesario, la atmósfera del Bunster terminó de volverse escénica. No era sólo un interludio poético, sino una extensión hablada del mismo universo sensible de tanquemante, donde la fragilidad no se esconde, sino que se sostiene en colectivo.

Inundaremos en sala Patricio Bunster 2026 - Por Sebastián Lara

Quizás por eso la cercanía del Espacio Bunster importaba tanto. La sala permitía que el concierto conservara una escala humana, incluso con las luces recorriendo el escenario y los cambios de intensidad que acompañaban la música. No se sentía como una distancia entre quienes tocaban y quienes habían llegado a verlos. Todo ocurría en el mismo lugar y durante el mismo tiempo, con una comunidad que se iba formando a medida que avanzaba la noche.

La cultura se defiende

Hacia el final, esa cercanía tomó también una dimensión política. La banda agradeció a quienes habían trabajado detrás del espectáculo y extendió ese reconocimiento a todo su equipo. Después, sus palabras se dirigieron hacia la importancia de la cultura y el lugar que ocupa en la vida colectiva.

«La cultura la forjamos nosotros y es nuestra identidad, no es un gasto, es una inversión», dijeron, antes de llamar a no permitir que el fascismo vuelva a ganar espacio.

En una época en que la cultura se discute a punta de recortes presupuestarios y planillas de cálculo, plantarse a defenderla deja de ser un discurso bienintencionado y pasa a ser una cuestión de supervivencia. La cultura también es la posibilidad de encontrarnos, de levantarse a construir y de compartir experiencias que no siempre sabemos cómo expresar de otra manera. En ese sentido, las palabras de Inundaremos no estaban lejos de lo que había ocurrido durante el concierto; reunir a cientos de personas bajo un mismo techo no era solo tocar canciones, era también tomar posición y no cederle terreno al fascismo

Que la noche no termine todavía

Uno de los momentos más bonitos llegó cuando el público comenzó a pedir más. Después de todo lo que había pasado sobre el escenario, la despedida no parecía suficiente. La gente quería quedarse un rato más, escuchar otra canción, estirar un poco esa sensación de haber compartido algo.

Entonces se encendieron los flashes de los celulares. Desde la sala, las pequeñas luces comenzaron a aparecer entre las personas, como puntos que se repartían por la oscuridad, tal mar de luces. La imagen tenía algo sencillo y hermoso. Por un momento, la iluminación ya no dependía solamente de las luces preparadas para el espectáculo; también venía de quienes habían llegado a escucharlo.

Inundaremos en sala Patricio Bunster 2026 - Por Sebastián Lara

No sé si alguien en ese instante estaba pensando en la tristeza, en el amor o en todas las cosas que habían aparecido durante la presentación. Probablemente cada persona se llevaba algo distinto. Lo que sí quedaba a la vista era el deseo de que la noche siguiera un poco más.

El frío de los abrigos impermeables quedó atrás. La banda reapareció con poleras blancas salpicadas de pintura, mezclándose con el blanco del escenario que a esas alturas ya era un lienzo compartido. La solemnidad dio paso al desahogo festivo, la invitación a Diego Álvarez – de teodioteodio -, quien subió a escena pandero en mano para sumarse a un cierre enérgico que puso a saltar a toda la sala Bunster.

El valor de la experiencia colectiva

“¡Aguante la música chilena!”, se escuchó antes de que la banda se fundiera en abrazos y reconociera a todo su equipo —no solo a quienes estaban bajo los focos, sino a cada persona técnica y de producción que hace posible que un concierto ocurra aunque no siempre reciba la misma atención.—

Al salir de Matucana 100, tanquemante quedaba como algo más que un disco presentado en vivo. La noche había tenido canciones, imágenes, luces y palabras, pero sobre todo había tenido personas compartiendo un mismo espacio. Quizás esa sea una de las cosas más bonitas que puede hacer la música, darle forma a emociones que a veces cuesta explicar y permitir que, por un rato, dejen de pertenecernos solamente a nosotros.

La tristeza estuvo ahí. También el amor, la memoria y las ganas de seguir escuchando. Y cuando el público pidió otra canción, quedó la impresión de que todavía había algo que compartir.